He analizado la evaluación de FORCEM sobre la convocatoria de 1993. Y te confieso algo: no parece vieja. Parece un informe de hoy.

En 1993 el sistema estaba arrancando en plena crisis económica. La formación continua buscaba abrirse paso cuando muchas empresas recortaban inversión. Por eso la evaluación es valiosa: no se limita a describir cursos, intenta medir eficiencia, eficacia e impacto, y detecta desde el inicio dónde iba a estar el talón de Aquiles del modelo.

El informe deja una idea fuerte: el incentivo funciona, sobre todo en pymes. Allí donde antes la formación era escasa, la financiación actúa como palanca y crea cultura formativa. Pero también advierte algo que hoy sigue siendo decisivo: sin datos y sin evidencias, no hay evaluación real. Y sin evaluación, el control se convierte en un problema. También habla de prioridades poco claras y de rigideces que expulsan formación útil. Traducido a 2026: cuando el sistema se vuelve «administrativo», aparecen diseños artificiales, más pensados para encajar que para servir. Y luego está lo esencial: la trazabilidad. Hoy le ponemos otros nombres –aula virtual, registros de conexión, cuestionario de calidad, carpeta de evidencias-, pero el fondo es el mismo que en 1993: si no puedes demostrarlo, te expones.

Por eso la pregunta que importa no ha cambiado en 33 años: «¿Tengo necesidad clara, diseño coherente, buena ejecución y trazabilidad?«

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