¿En qué momento acompañar a alguien en su aprendizaje se volvió una cuestión de algoritmos, plataformas y registros de actividad? Uno podría pensar que tutorizar a distancia es poco más que responder correos o enviar recordatorios. Pero no. O al menos, no debería ser así.

Una buena tutoría online… es otra cosa. Tiene algo de arte, algo de intuición y mucho de respeto por quien está al otro lado de la pantalla. Tiene que ser proactiva y no simplemente reactiva.

Estar, pero no agobiar.

El tutor que sabe estar no se impone. No abruma con mensajes ni se esconde cuando se le necesita. Está presente, sí, pero sin hacer ruido. Como esos amigos que no ves todos los días, pero sabes que están ahí si los llamas. Y eso se nota: en la rapidez de una respuesta, en el tono amable, en saber decir “estoy contigo”, sin tener que escribirlo con esas palabras.

Pero a favor del vínculo

Un aspecto muy importante es el establecimiento del vínculo entre el alumno y el centro de formación, a través del formador-tutor. Para transmitir seguridad, pertenencia, etc.

Saber explicar… y saber escuchar

No todo es dominar la materia. Hay que saber explicarla. Pero más aún: saber escuchar lo que el alumno no dice. A veces una frase breve, un silencio en el foro, una ausencia prolongada… dicen más que cualquier mensaje. Y el buen tutor lo capta. No lo juzga, no lo presiona. Actúa, pero con cuidado.

Cada persona, su mundo

No hay dos alumnos iguales. Y el tutor que copia-pega respuestas pierde una oportunidad enorme: la de conectar. Porque cuando alguien nota que lo están escuchando de verdad -aunque sea por escrito-, cambia todo. La pantalla ya no es una barrera, sino un puente.

El estilo importa (y mucho)

Un mensaje claro, cordial, sin tecnicismos innecesarios, puede marcar la diferencia entre alguien que sigue y alguien que abandona. No hace falta ser poeta, pero sí escribir con cabeza y corazón. Que no es poco.

Ver venir las cosas

Esperar a que alguien diga “no entiendo nada” es llegar tarde. Un tutor atento detecta antes los signos de que algo no va bien. Y actúa. A veces con una sugerencia suave. A veces solo preguntando: “¿Cómo vas?”. A veces eso basta.

Evaluar no es menospreciar

La evaluación no es el final del camino. Es parte del aprendizaje. Señalar errores con respeto, sugerir mejoras, celebrar avances. Eso también es tutorizar. Porque aprender duele, sí, pero con alguien que acompaña… duele menos.

Ética, por favor

Y no es solo no hacer trampas. Es guardar la confidencialidad. Es tratar al alumno con respeto, sin sarcasmos, sin paternalismos. Es, en resumen, comportarse como un ser humano que atiende a otro ser humano.

Nunca dejar de aprender

El tutor que no se actualiza, se oxida. Esto cambia todo el rato: herramientas, formas de enseñar, lo que esperan los alumnos. Hay que seguir leyendo, probando, equivocándose también. Y eso no se acaba nunca.

Menos fuegos artificiales

Un tutor elegante no necesita impresionar. No hace falta hablar mucho ni usar palabras rimbombantes. Acompaña. Escucha. Propone. Corrige. Y calla cuando toca. Esa sobriedad, en tiempos de ruido digital, es casi revolucionaria.

Resumen. Una buena tutoría debe dejar huella por escrito también. En el alumno que sigue. En el que agradece. En el que aprende, sí, pero también en el que se siente acompañado.

P.D. Es muy conveniente no confundir las diferentes acepciones con las que nos referimos a la formación asíncrona: online, elearnign, teleformación. En la formación programada el problema está resuelto: se trata de teleformación.

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