
Suelo empezar mis formaciones con una idea que a algunos les descoloca:
– “Si no hay formación de calidad, olvídate de la bonificación.”
Es puro sentido práctico. La formación programada se financia con fondos públicos (así los considera FUNDAE). Que puedas aplicarte una bonificación en los seguros sociales es la consecuencia. El corazón del sistema, es otro: que esa formación aporte valor real.
Aquí empiezan los malentendidos. Cuando se pronuncia la palabra “calidad”, las conversaciones se llenan de términos vaporosos: subjetividad, estilos de aprendizaje, enfoques pedagógicos… Todo eso tiene su importancia, pero en la formación de ámbito laboral hay una pregunta previa que manda sobre todas las demás:
– La formación, ¿produjo los resultados trazados en los objetivos?
Si la respuesta es sí, hablamos de formación de calidad, sin entrar en matices, de momento: excelente, notable…
Si la respuesta es no, por muy simpático que fuera el formador y muy bonitas que fueran las presentaciones, hablamos de baja calidad y eso no suma nada ni es bonificable.
La calidad, en formación, es una cuestión de resultados objetivos, no de discursos sobre lo que “nos parece” o “hemos sentido”. La parte subjetiva puede acompañar, pero no sustituir.
En cada acción formativa hay un contrato no escrito:
– La empresa dice: “Queremos conseguir X”.
– La acción promete: “Con este diseño, estos medios didácticos, estas horas y este formador, ayudaremos a conseguir X”.
Eso, bien formulado, son los objetivos del curso.
No se trata de una lista poética para decorar el programa; son el criterio con el que más tarde podremos decir:
– “Esto ha funcionado”.
– “Esto se ha quedado corto”.
– “Esto no ha cumplido ni de lejos”.
Por eso es tan peligroso escribir objetivos del tipo:
– “Sensibilizar sobre la importancia de…”
– “Reflexionar en torno a…”
– “Acercarse a la realidad de…”
Son fórmulas que apenas se pueden medir. En cambio, si se trata de calidad, hablamos siempre de cosas concretas:
– “Reducir un X % los errores en…”
– “Mejorar la atención al cliente en…”
– “Reducir las quejas en…”
– “Aplicar correctamente el procedimiento X en el 90 % de los casos”.
Cuanto más claro sea el objetivo, más fácil será después probar que la formación ha aportado algo. Y aquí aparece nuestro lema: La versión adaptada de aquel clásico latino “Primum vivere, deinde philosophare” sería, en nuestro terreno:
– Primum probare, deinde bonificare.
Primero, poder demostrar con evidencias razonables; luego, disponemos de un medio excelente, la bonificación, y hablaremos de ella.
Calidad como diferencia entre “gustar” y “transformar”
En muchos cuestionarios de satisfacción la pregunta de oro parece ser:
– “¿Te ha gustado el curso?”
No está mal preguntar eso, pero la calidad no se agota ahí.
Un curso puede “gustar” y no cambiar nada. Y puede haber acciones que exijan esfuerzo, que remuevan zonas de confort y que, al principio, no “gusten tanto”, pero generen un impacto enorme en la forma de trabajar.
Por eso, en formación en las empresas, la calidad se mide principalmente por otras tres preguntas:
1. ¿Se ha aprendido lo que se programó en los objetivos?
2. ¿Se está aplicando algo distinto en el puesto de trabajo a raíz de la formación?
3. ¿Se nota esa aplicación en algún resultado de negocio, aunque sea pequeño?
Si no conectamos la formación con estas tres capas, nos quedamos en la superficie.
La Administración también se mueve hacia esta lógica
El sistema de formación programada lleva implícita la idea de calidad ligada a resultados: se mira no solo la ejecución (que el curso se haya impartido), sino también la calidad percibida, el aprendizaje real, la transferencia al puesto, el retorno de la inversión.
Por eso, cuando el SEPE o FUNDAE realizan actuaciones de seguimiento, ya no se limitan a contar firmas. Cada vez más, la pregunta de fondo se parece a la que planteábamos antes:
– “¿Qué ha aportado realmente esta formación a la empresa y a los trabajadores?”
Nota. De qué va esta serie.
En esta primera entrada hemos colocado la piedra angular:
– Calidad = grado en que la formación consigue los resultados que se propuso al principio.
En las siguientes iremos aterrizando ese principio en pasos muy concretos:
– qué pasa antes del curso (detección de necesidades, diseño, elección de formador),
– qué ocurre durante el curso (trazabilidad y evidencias de aprendizaje),
– qué miramos después del curso (impacto, aislamiento de variables, ROI),
– y cómo convertir todo eso en un sistema de evidencias que resista cualquier auditoría sin perder el foco en lo esencial: que la formación funcione.

Hola, José María. Te conocí en una conferencia que diste en Lorca en la Cámara de Comercio y que fue muy interesante. Hablabas sobre la formación bonificada y se notaba que dominas el tema. Desde entonces te he seguido; suelo leer tu blog pero como vamos todos con prisas nunca te había dejado un comentario. Ahora sí lo hago. He asistido en Youtube y otras redes a dierentes eventos sobre la formación en general, pero nunca había escuchado ni leído nada parecido. Te preocupas por lo más importante que es la calidad en la formación y eso me ha llegado mucho. Porque veo a profesionales que se dedican a estos temas y que solo se preocupan por ver la forma de bonificarse más importes y no veo que nadie haga exámen de la formación realizada. Parece que su responsabilidad acaba allí donde pone fecha de fin. Y tú pones el dedo en la llaga: esto es serio, no va de disponer de crédito sino de cumplir objetivos. Me gusta eso que dices, la formación o cumple con lo que promete o no sirve para nada. Y entonces, mejor prescindir de ella. ¿Cómo se va a prestigiar la formación de ese modo tan cortoplacista y desentendido de los resultados? Dejo este comentario para agradecerte la labor que llevas entre manos. Muy agradecida por ella y por todos los consejos y reflexiones que nos dejas, ya sea en tu blog como en los Martes Directo al que alguna vez he asistido. Mil gracias.
Gracias, Rosana, eres muy amable. Me alegro que te sirva de ayuda en tu trabajo. MIl gracias, un abrazo.
Yo llevo muchos años en la formación bonificada, lo que no es para muchos, sobre todo para los entendidos, una ventaja. Seguramente esos mismos se creen que ellos lo harían mucho mejor..
Mucho mejor que un catedrático y cualqueir profesor de la universidad, que con fondos públicos, teniendo cierta libertad de cátedra, ningún inspector tiene derecho a fiscalizarle nada, ni a los que enseñan cirugía y tratarán con personas en operaciones de vida o muerte. A estos la inspección, sabiendo además que son «funcionarios», nadie, en ningún estamento les toda.
Mucho mejor que a los profesores de instituto, de formación profesional o de infancia, que tratan directamente con nuestros niños, tampoco a estos, ningún inspector de nada, tiene facultad ni derecho a decirles nada (en el tema formativo).
Tampoco a los divulgadores, conferenciantes, ni cualqueir otro.
Ahh, pero en la bonificada, uff, la calidad de la formación, en cursillos de como plantar un olivo… En fin. Cuando dos ts tienen responsabilidades, ya se sabe…
Gracias, Sergio por tu aportación. Tienes razón. Yo planteo la calidad como una exigencia de cada centro de formación. De lLos casos que citas, efectivamente, nadie les va a poner un pero. En nuestro caso tenemos que ganarnos, día a día, al cliente. Y en el ámbito laboral el cliente exige resultados. Pero es que a nosotros, los centros de formación, es a quien más nos interesa saber si la forjmación que impartimos produce lo que promete. Ya no como exigencia de nadie de fuera del centro, a nosotros mismos nos interesa saber qué impacto produce la formación, qué cosas debemos cambiar o potenciar, etc. Un saludo.