– indicadores de impacto y análisis de factores externos,
queda una pregunta que aparece tarde o temprano:
– “¿Ha salido a cuenta esta formación?”
Ahí entra en juego el ROI (Retorno de la Inversión).
1. ROI: poner porcentaje a la calidad
Imaginemos un caso sencillo:
– Beneficio atribuible a la formación: 1.200 €.
– Costes de la formación: 1.000 €.
– Beneficio neto: 200 €.
– ROI: 200 / 1.000 × 100 = 20 %.
Seguramente no se trata de hacer esto con todas las acciones, pero sí con aquellas más estratégicas, aquellas donde realmente queremos saber si la inversión ha merecido la pena.
El mensaje para dirección es simple:
– “Hemos invertido X. Hemos recuperado X + Y. El ROI es de Z %”.
Y el mensaje para ti, como responsable de formación, es aún más importante:
– empiezas a hablar el mismo idioma que la cuenta de resultados.
2. Del ROI a un plan de evaluación estable
La evaluación no debería ser un añadido de última hora, sino algo diseñado desde el principio:
– qué vamos a medir,
– cómo lo vamos a medir,
– cuándo lo vamos a medir,
– quién va a participar en esa medición.
Cuando esto existe, el ROI deja de ser un cálculo improvisado y se convierte en la consecuencia natural de un proceso.
3. Sistema de evidencias: tu mejor defensa en una auditoría
Si juntamos todo lo trabajado en la serie, lo que aparece es un sistema sencillo, pero robusto, de evidencias:
– una ficha por acción donde constan necesidad, objetivos, indicadores y resultados;
– cuestionarios de satisfacción analizados y con mejoras trazadas;
– pruebas o actividades que demuestran aprendizaje;
– datos que evidencian impacto y descartan factores externos;
– cuando procede, un cálculo básico de ROI.
Con eso en la mano, una actuación de seguimiento del SEPE/FUNDAE deja de ser un examen sorpresa para convertirse en algo mucho más razonable:
– una comprobación de que estás haciendo lo que dices que haces.
Y, lo más importante, tu propia empresa empieza a mirar la formación programada con otros ojos:
– no como un trámite para “no perder el crédito”,
– sino como una palanca medible de impacto, valor y beneficio.
4. Cerrar el círculo: primero probar, luego bonificar
Podríamos resumir toda la serie en una frase:
– Primum probare, deinde bonificare.
Primero, demostrar con hechos que la formación tiene calidad porque logra, en un grado razonable, los resultados que se propuso.
Después, ya hablaremos de créditos, costes y bonificaciones.
Cuando trabajas así, la bonificación deja de ser el centro de la película y pasa a ser lo que siempre debió ser:
– la consecuencia lógica de una formación bien pensada, bien ejecutada y bien medida.
Colofón: no estás solo en esta partida
Todo lo que hemos visto en esta serie se puede hacer dentro de la empresa… pero no siempre tiene sentido hacerlo en solitario. Diseñar bien, ejecutar con calidad, medir impacto, aislar factores y hablar el idioma del ROI requiere tiempo, experiencia y una mirada externa que no se deje engañar por inercias internas.
Pero estás en buenas manos:
Raquel González, gestora de formación programada, especialista en bajar a tierra planes formativos, cuadrar expedientes y que cada acción llegue “redonda” a FUNDAE y al SEPE. Teléfono de contacto y Whatsapp de Raquel: +34 667 200 398
José María Jerez, auditor, formador y mentor en formación programada, compañero de viaje cuando toca revisar el sistema de arriba abajo, anticiparse a una actuación de seguimiento o convertir la formación en una palanca real de mejora y de negocio. Teléfono de contacto y Whatsapp de José María: +34 664 493 030
Si quieres que tu formación programada deje de ser solo un asiento contable y se convierta en un activo estratégico, aquí tienes a tus dos aliados para diseñarla, auditarla y hacerla crecer con criterio.