Durante muchos años, ser experto consistía en saber más que los demás. El conocimiento era escaso, costaba conseguirlo y quien lo acumulaba adquiría una autoridad casi indiscutible.
Ese modelo ha cambiado.
Hoy cualquiera puede acceder en segundos a normas, manuales, vídeos, foros o respuestas generadas por inteligencia artificial. Nunca había sido tan fácil obtener información. Sin embargo, esa abundancia ha traído un problema inesperado: cada vez es más difícil distinguir qué información es correcta, cuál está desactualizada y cuál, simplemente, es errónea aunque parezca convincente.
La diferencia entre un profesional y un experto ya no está en quién encuentra una respuesta primero.
Está en quién sabe si esa respuesta puede defenderse.
Ese cambio afecta a todas las profesiones basadas en el conocimiento y, de forma muy especial, a la formación programada. Gestionar un expediente no consiste en acumular documentos ni en rellenar correctamente una aplicación informática. Consiste en tomar decisiones que deberán sostenerse si algún día alguien pregunta por ellas.
La inteligencia artificial ha acelerado este fenómeno. Puede redactar informes impecables, resumir normas y ofrecer soluciones en segundos. Es una herramienta extraordinaria, siempre que no olvidemos una cuestión esencial: la responsabilidad sigue siendo humana.
La IA puede responder. El criterio sigue teniendo que aportarlo el profesional.
Quizá esa sea la gran transformación de nuestro tiempo. El verdadero experto ya no es quien más respuestas almacena, sino quien conserva la capacidad de distinguir entre una respuesta correcta y una respuesta simplemente verosímil; quien acumula la suficiente experiencia como para distinguir las voces de los ecos, en poética expresión machadiana.
Porque el conocimiento nunca había estado tan al alcance de todos.
El criterio, en cambio, sigue siendo un bien escaso.
