
Agosto siempre me ha parecido un mes propicio para un rito de paso. Baja el ruido del teléfono, se vacían las agendas y uno, sin querer, mira hacia atrás. Entonces descubre que una vida profesional no se recuerda por los calendarios, sino por aulas, viajes, conversaciones y problemas que parecían no tener salida.
He dedicado muchos años a la formación programada de FUNDAE. La he visto cambiar de nombre, normas, aplicaciones y procedimientos, mientras su razón de ser seguía intacta: ayudar a las empresas a ser más competitivas formando a sus trabajadores. Ese propósito ha quedado a menudo sepultado bajo artículos, plazos y criterios difíciles de interpretar. Ahí encontré mi oficio.
No me bastaba con saber qué decía la norma. Quería entender qué ocurría cuando llegaba a la mesa de un gestor, aparecía un requerimiento o alguien llamaba convencido de haberlo hecho todo bien y no sabía cómo demostrarlo. Mi trabajo ha sido poner claridad donde había confusión y acompañar a quienes asumían una responsabilidad que desde fuera suele parecer menor.
No todo salió bien ni siempre tuve la respuesta a la primera. También he dudado, he vuelto a estudiar la normativa y he corregido el rumbo a raíz de la aplicación de dichas normas. El oficio se construye así. Por eso no pienso primero en los cursos impartidos o en los expedientes resueltos, sino en los profesionales que trabajaron con más seguridad después de una conversación, de un curso, de una auditoría; en quienes dejaron de sentirse solos ante una incidencia y en las empresas a las que ayudamos a evitar errores. Haber sido útil a tantas personas da sentido a esta historia.
Siento nostalgia, sería absurdo negarlo, pero no tristeza. Sigo queriendo esta profesión, incluso en sus días ingratos, y conservo la curiosidad ante cada caso difícil. No ha cambiado el amor por el oficio, sino mi manera de estar en él.
En ese tránsito ocupa un lugar esencial Raquel González. He ido pasando a sus manos el testigo de la gestión porque es una profesional altamente preparada, rigurosa y cercana. Seguimos en contacto constante, compartiendo consultas, criterios y decisiones: ella aporta su mirada y yo sigo cerca con la experiencia de tantos años. He puesto en Raquel todas mis esperanzas para el futuro de esta forma de trabajar, no para que repita mis pasos, sino para que haga su propio camino y preserve lo esencial: el trabajo bien hecho, el cuidado de cada expediente y el respeto por quienes nos piden ayuda.
Agosto permite estas pausas. Miro atrás y veo toda una vida; miro hacia delante y compruebo que el trabajo continúa en buenas manos. Yo tampoco me voy del todo. Hay profesiones que, después de tantos años, ya no se abandonan. Se quedan a vivir con uno.

Gracias José María! Es un honor y un orgullo poder contar contigo!
Gracias, Elvira.